domingo, 31 de julio de 2016

Cómo tratar la fonofobia

Como ya vimos en el artículo Misofonía y fonofobia el tratamiento que habitualmente se lleva a cabo para afrontar este tipo de trastornos auditivos es la terapia Cognitivo-Conductual. Esta terapia es utilizada para tratar los problemas derivados de determinadas experiencias, emociones y falsas creencias, y se basa en la asociación de pensamiento y conducta. Aunque lo mejor siempre será acudir a un profesional para que atienda nuestro caso particular, a algunas personas les puede bastar con los consejos para identificar, prevenir y tratar la fonofobia que voy a dar a continuación. Aunque me centro en la fonofobia, estos mismos consejos pueden ser útiles para tratar también la misofonía, pues como ya vimos en el mencionado artículo los mecanismos que explican la misofonía y la fonofobia son idénticos.

Cuando la fonofobia aparece asociada a la hiperacusia es imprescindible tratarla, ya que la fonofobia puede obstaculizar o incluso bloquear la desensibilización frente a los sonidos. La recuperación de la hiperacusia mediante terapia sonora funciona gracias a la plasticidad cerebral, por lo que el estado de ansiedad y las emociones negativas que surgen a raíz de la fonofobia son un serio impedimento para que la plasticidad cerebral tenga lugar. De esto se puede deducir acertadamente que un estado relajado, despreocupado y alegre favorecen la plasticidad cerebral, y por tanto ayudan a que la recuperación de la hiperacusia sea más rápida. Por lo tanto, la fonofobia debe tratarse antes o conjuntamente con la terapia sonora para proporcionar las condiciones necesarias que permitan la desensibilización.

El miedo al sonido puede aparecer por diferentes motivos. Debido a que la exposición a determinados sonidos puede empeorar la hiperacusia no es raro que por desconocimiento se instale la falsa creencia de que incluso sonidos moderados pueden causar algún daño en el oído interno y agravar aún más nuestra situación. Es importante saber que, aun teniendo hiperacusia, solo los sonidos por encima de 85 dB pueden causar un daño en el oído interno, y aun a esa intensidad habría que estar expuestos durante 8 horas para que el daño se produzca. A incrementos de 3 dB el tiempo de exposición seguro se reduce a la mitad, teniendo entonces 4 horas para 88 dB, 2 horas para 91 dB, y así sucesivamente. Por lo tanto, si en nuestra vida diaria no se está expuesto a esas intensidades y tiempos, lo que es cierto en la mayoría de los casos, no hay ningún daño que temer.

Ahora bien, el miedo al sonido también puede surgir por experiencias previas en las que la exposición a sonidos moderados nos ha provocado dolor y otros síntomas relacionados con la hiperacusia, o nos ha hecho recaer y perder la mejora conseguida. Ciertamente conviene ser prudente ante la exposición a determinados sonidos para evitar esas consecuencias, pero si esa prudencia se transforma en un miedo exagerado y anormal que además se extiende a todo tipo de sonidos que están dentro de nuestro nivel de tolerancia, entonces es cuando hablamos de fonofobia.

En ocasiones puede ser complicado diferenciar entre hiperacusia y fonofobia, especialmente cuando la hiperacusia es más severa. Debido al enorme abanico de sonidos cotidianos que pueden hacer empeorar la hiperacusia, hasta cierto punto es lógico y razonable desarrollar una hipervigilancia hacia los sonidos para evitar los problemas que causa su exposición, pero la fonofobia es capaz de convertir sonidos inofensivos para nuestro nivel de tolerancia en sonidos capaces de hacer empeorar nuestra hiperacusia. Y es ahí donde el límite entre lo que es hiperacusia y lo que es fonofobia se diluye. Dado un sonido, ¿qué es lo que lo hace capaz de empeorar la hiperacusia? ¿Son sus características físicas (intensidad, frecuencia y duración) o es el contexto en el que se producen y la asociación negativa que existe hacia ellos? Incluso puede ser una combinación de ambas sin que quede claro determinar en qué proporción.

Para entender esto creo que puede ser de gran ayuda explicar una anécdota de mi caso particular. En la fase de hiperacusia más severa el ruido del motor de un cepillo de dientes eléctrico podía ser un problema para mi nivel de tolerancia, pero mi tendencia a producir mucho sarro no aconsejaba sustituirlo por un cepillo normal, así que tratándose de una cuestión de salud dental, hice de tripas corazón y aguanté como pude ese ruido, siendo incluso necesario hacer reposo auditivo tras el cepillado. Sin embargo, con el paso del tiempo ese ruido dejó de molestarme y la higiene bucal dejó de suponer un desafío para mis oídos, pese a mantener todavía una hiperacusia grave. Cierto día me encontraba en mi habitación manteniendo una conversación y tenía el cepillo eléctrico en mis manos. En un momento dado encendí el cepillo por error, e instintivamente lo apagué de inmediato porque el ruido me sonó excesivamente alto para mi tolerancia y lo percibí como un sonido peligroso capaz de empeorar mi hiperacusia si no me protegía de él. En ese momento me di cuenta de lo absurda que había sido mi reacción. Exactamente el mismo sonido y la misma intensidad que durante el cepillado de dientes no era percibido como demasiado alto o peligroso, en otro contexto completamente diferente era percibido como alto y peligroso, lo cual, no tenía ningún sentido. Era obvio que en el empeoramiento de la hiperacusia había un componente exclusivamente psicológico que nada tenía que ver con las características físicas del sonido ni con el tiempo de exposición. Posteriormente viví otras situaciones similares que evidenciaron que casi sin darme cuenta había desarrollado una fonofobia de caballo, y ésta estaba siendo un serio obstáculo para mi recuperación.

La característica del sonido que más poder tiene para empeorar la hiperacusia es la intensidad, y es la que antes percibimos como peligrosa. Por este motivo, para tratar la fonofobia es muy útil el uso de un sonómetro que nos permita conocer la intensidad real de los sonidos. De esta forma, ante un sonido que nos provoca miedo, ansiedad, etc., podemos conocer si la sonoridad (percepción subjetiva de la intensidad de un sonido) se ajusta al valor real de su intensidad, o bien si la fonofobia ha hecho percibir ese sonido más alto de lo que realmente es. Esta información nos va a permitir romper la barrera del miedo y empezar a exponernos a sonidos que por su intensidad real sabemos que son seguros, lo que no solo ayuda a tratar la fonofobia sino también a evitar una probable sobreprotección de los oídos.

Para tratar la fonofobia, al igual que ocurre con la hiperacusia, hay que enfrentarse a los sonidos, nada se va a conseguir evitándolos. Sin embargo, este proceso de reintroducción a la exposición de sonidos debe hacerse de forma gradual. La persona en todo momento debe sentir que tiene el control en cuanto a la decisión de exponerse a los ruidos que le provocan miedo, ya sea evitando determinadas situaciones de ruido, controlando el tiempo de exposición, o usando protección auditiva. Una vez que sabemos que la intensidad del sonido que nos provoca miedo es segura, podemos enfrentarnos al sonido empezando con un tiempo de exposición corto. Y una vez haya finalizado ese tiempo de exposición y comprobemos que efectivamente no se ha producido ningún empeoramiento de la hiperacusia, estaremos ayudando a romper la asociación subconsciente de peligro y miedo que existe con esos sonidos. El siguiente paso será aumentar el tiempo de exposición hasta que finalmente no sea necesario controlarlo y podamos despreocuparnos completamente de que ese sonido se está produciendo.

Cuando hay fonofobia existe una fuerte asociación entre determinados sonidos con miedo y peligro, que se ha instalado y reforzado a lo largo del tiempo debido a experiencias negativas previas con el ruido. Para romper esa asociación es necesario cambiar los pensamientos acerca de los sonidos que nos provocan temor y otras emociones negativas, así como la actitud que adoptamos frente a ellos. Para ello, debemos observar y ser conscientes de aquellas situaciones y sonidos que nos provocan miedo, ansiedad, enfado, etc., y prestar atención a los pensamientos negativos que aparecen en nuestra mente. Una vez hecho esto hay que sustituir esos pensamientos negativos por otros positivos, y esto se consigue realizando por ejemplo afirmaciones mentales o de viva voz en el momento en el que aparecen esos pensamientos negativos. Algunos ejemplos de estas afirmaciones podrían ser: "Estoy tranquilo, sé que este sonido no puede causarme ningún daño", "Aunque perciba este sonido como alto en realidad no lo es", "La única forma de solucionar esto es enfrentándome al sonido y eso voy a hacer" o "La intensidad de este sonido es muy inferior a otros que tolero perfectamente, no hay nada que temer". Al principio de hacer este ejercicio uno se puede sentir algo ridículo y tener la sensación de que se está autoengañando al decir que no siente miedo cuando en ese mismo momento es exactamente lo que está sintiendo, y ciertamente el éxito de este ejercicio está en ser constante y no esperar resultados a corto plazo. Realizar estas afirmaciones un único día o de forma puntual es del todo inútil, pero si las repetimos día tras día en todo momento al final acabarán por pasar de nuestro consciente a nuestro subconsciente y sustituirán a los pensamientos negativos.

Como he comentado anteriormente, para que este cambio en el pensamiento se produzca también hay que cambiar la forma de actuar ante los sonidos conflictivos. Por ejemplo, hay que empezar a dejar de estar tan pendiente de los sonidos que se producen o preveer los que pueden producirse, hay que empezar a acudir a los lugares que antes evitábamos por miedo al ruido, hay que volver a realizar aquellas actividades que habíamos abandonado. En definitiva, junto a las afirmaciones positivas y la nueva forma de actuar frente a los sonidos que provocan miedo, uno debe sentir que está recuperando su vida y vuelve a actuar como una persona normal. Pero una vez más, este proceso debe hacerse de forma progresiva y ser constante, pues un cambio tan arraigado en nuestro pensamiento no es algo que pueda realizarse de un día para otro, sino que más bien es un proceso que puede llevar meses de trabajo.

No hay que dejar de prestar atención a las emociones negativas (como ira, odio o agresividad) que pueden surgir no solo por los ruidos en sí, sino especialmente hacia quien está provocando el ruido. Entre los ruidos que provocan otras personas podemos diferenciar entre los que son normales que se produzcan y los que no se deberían producir. Por ejemplo, es perfectamente normal que los niños pequeños chillen o que se use un cortador de césped para cortar el césped, pero la música alta no debería sonar a altas horas de la noche, y además es un comportamiento incívico. Haya o no motivos para enfadarse por los sonidos que nos rodean, es importante identificar estas reacciones negativas y neutralizarlas, pues permitir que esas emociones negativas se materialicen no solo no aporta ningún beneficio, sino que hará que los sonidos que han provocado esas emociones se perciban más altos y puedan resultar más nocivos de lo que realmente son.

Otra forma de asociar pensamientos positivos y sensación de bienestar con el sonido es escuchando nuestra música favorita, sea cual sea el estilo musical. Siempre con el volumen y tiempo de exposición bajo nuestro control, debemos tratar de disfrutar del sonido y dejar de verlo como un elemento peligroso que puede crearnos problemas. También se puede optar por escuchar música o sonidos de la naturaleza relajantes mientras se realiza alguna actividad que nos produzca bienestar. Cualquier cosa que ayude a desasociar el sonido con emociones negativas estará bien.

Tanto la fonofobia como la hiperacusia se pueden tratar, pero para ello a día de hoy no hay otra forma más que exponerse al sonido. Por lo tanto, otra medida que puede ayudar es ser consciente de que el esfuerzo que estamos realizando a la hora de enfrentarnos al miedo es necesario y que la recompensa, que es recuperar la vida normal que teníamos antes, bien merece la pena.

Para acabar, hay que recordar que también es muy importante tomar medidas para tener un buen estado de ánimo y reducir la ansiedad. Realizar ejercicio, dormir lo suficiente, realizar actividades que nos mantengan distraídos y alegres, hacer meditación o probar con otras terapias alternativas puede ayudar mucho a nuestro propósito. Si el grado de ansiedad es un problema y hay síntomas depresivos puede ser conveniente acudir al médico para que nos receten ansiolíticos/antidepresivos no ototóxicos que ayuden a estabilizar nuestro estado de ánimo.

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